Turquía, el próximo en la lista.
Naftali Bennett fue primer ministro de Israel entre 2021 y 2022, excomandante de fuerzas especiales y una de las voces más influyentes de la derecha israelí. El 17 de febrero de 2026, declaró que Turquía es el nuevo Irán y que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan intenta cercar a Israel con un eje integrado por Qatar, la Hermandad Musulmana y el arsenal nuclear de Pakistán. La frase llegó ocho meses después de que Israel completara su operación militar de doce días contra Irán y en medio de una confrontación directa con Turquía en territorio sirio que ya tiene fotografías de escombros distribuidas por agencias internacionales. Ese timing convierte la declaración en una señal estratégica.
Con Irán en plena guerra, Turquía ocupa el vacío de poder que Tel Aviv necesita mantener fragmentado para sostener su hegemonía en Oriente Medio. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, Turquía ocupa el noveno lugar mundial en poder militar y el primero en la región, superando a Israel situado en el puesto 15. Sus exportaciones de armamento crecieron 44,2% interanual en enero de 2026, con un incremento acumulado del 122% desde 2021. La empresa Baykar, cuyo dron TB-2 cambió las reglas de los conflictos modernos en Ucrania y Libia, opera en 35 mercados y firmó contratos de 48 cazas propios con Indonesia en 2025. A diferencia de Irán, Turquía es miembro de la OTAN, tiene acceso a los códigos de comunicación de la alianza atlántica y su economía está integrada en mercados que Washington no puede sancionar sin coste propio. Eso la convierte en un adversario cualitativamente distinto a cualquier paria regional previo.
Naftali Bennett y su confesión: Turquía.
Siria
La caída del presidente sirio Bashar al-Assad en diciembre de 2024, tras catorce años de guerra civil, transformó a Siria en el tablero central del conflicto turco-israelí. Israel bombardeó las bases aéreas de T-4, Palmyra y Hama en marzo de 2025, justo cuando Turquía preparaba el envío de equipos técnicos para inspeccionar esos sitios como futuros puntos de despliegue militar bajo un pacto de defensa con el nuevo gobierno sirio. Netanyahu actuó en lo que describió internamente como una ventana limitada antes de que los activos turcos estuvieran desplegados: T-4 quedó con pista, torre, hangares y aeronaves destruidas. En septiembre de 2025, una fuente de seguridad israelí confirmó al canal saudí Al-Hadath que nuevos ataques sobre Homs destruyeron misiles y equipos de defensa aérea de fabricación turca, acusando a Ankara de provocación deliberada.
La raíz del conflicto tiene una formulación precisa. Turquía apoya una Siria centralizada y estable bajo influencia propia, que garantice sus fronteras y permita el retorno de los casi tres millones de refugiados sirios que presionan políticamente a Erdogan. Israel promueve activamente una Siria balcanizada y dividida en facciones que no pueda proyectar fuerza militar. Una Siria estable bajo control turco y una Siria fragmentada funcional a Israel son mutuamente excluyentes. Delegaciones israelíes y turcas se reunieron en Azerbaiyán en abril de 2025 para negociar un mecanismo de deconflicción, es decir, un canal de comunicación directa entre ambos ejércitos para evitar incidentes no deseados mientras operan simultáneamente en Siria. Ambas partes presentaron sus intereses y acordaron continuar el diálogo, pero sin llegar a un acuerdo vinculante. Dos ejércitos con objetivos incompatibles, sin árbitro real y con Washington presionando a ambos para que no lo obliguen a elegir entre ellos.
Ahmed al-Shara, presidente interino de Siria, y el presidente turco Erdogan © Mustafa Kamaci
China
Beijing condena los ataques israelíes en Siria y mantiene contacto diplomático con el nuevo gobierno de Ahmad al-Sharaa, pero retiene sus grandes compromisos de inversión y financiamiento, condicionándolos a que Damasco expulse a los combatientes uigures integrados en sus fuerzas de seguridad, una demanda que al-Sharaa no puede satisfacer sin perder su base de apoyo interno. Una semana después de que Trump anunciara el levantamiento de sanciones sobre Siria, el gobierno sirio firmó un acuerdo con una empresa china para desarrollar zonas industriales en Homs y Damasco, el primero de ese tipo desde la caída de Assad. China no necesita resolver el conflicto; necesita que nadie lo cierre antes que ella. Cada semana que la confrontación paraliza la reconstrucción siria es una semana en que Beijing espera con capital disponible, condiciones propias y sin un solo soldado comprometido.
Tres trayectorias con probabilidades distintas
La más probable, 55% de posibilidades, es una deconflicción administrada: Israel y Turquía formalizan zonas de influencia de facto en Siria con mediación azerbaiyana, Tel Aviv retiene libertad de operación aérea en el sur y Ankara consolida el norte, con el gobierno de al-Sharaa como variable dependiente de un acuerdo entre potencias externas sobre su propio territorio. Los indicadores de activación son avances concretos en Bakú y reducción de la frecuencia de ataques israelíes sobre activos turcos.
La Ruta de la Seda de China a Europa, evita Siria © Agencia de Noticias de Azerbaiyán.
La segunda trayectoria, con un 35%, es la escalada por incidente: un ataque israelí con bajas confirmadas de personal militar turco produce respuesta directa de Ankara, Washington queda atrapado entre dos aliados de la OTAN en guerra abierta y China consolida su posición como único mediador con capital disponible y sin compromisos previos. Su indicador de activación más claro es la ruptura de las negociaciones de Bakú o el colapso del gobierno sirio antes del segundo semestre de 2026.
La tercera, con un 10%, es la consolidación de un bloque de seguridad sunita: el acuerdo de defensa mutua firmado entre Pakistán y Arabia Saudita en septiembre de 2025 se amplía con adhesión turca, produciendo una arquitectura de disuasión con componente nuclear implícito que transforma el cálculo regional de forma irreversible, con Arabia Saudita abandonando el proceso de normalización con Israel como señal de activación principal.
La pregunta es si Turquía podrá mantener la ambigüedad estratégica suficiente para que la mediación estadounidense produzca resultados concretos, en un entorno donde Tel Aviv ya demostró que bombardear es más rápido que negociar.
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