¿Quién derrotó al nazismo?

7 de mayo de 2025

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La captura de Berlín, por los ¿soviéticos?

¿Quién derrotó al nazismo?

Ochenta años después del colapso del Tercer Reich, la Segunda Guerra Mundial sigue operando como un recurso geopolítico activo. No como un debate historiográfico abierto, sino como una infraestructura simbólica que ordena legitimidades presentes y jerarquiza actores dentro del relato occidental. La pregunta sobre quién derrotó al nazismo no apunta al pasado, sino al modo en que se administra hoy la memoria de la victoria.

¿Quién ganó realmente la Segunda Guerra Mundial?

El consenso dominante en el espacio atlántico sitúa a Estados Unidos como actor decisivo, con Normandía como momento axial. El relato no es falso, pero es analíticamente insuficiente. Reordena prioridades históricas para producir coherencia política contemporánea y desplaza variables centrales del conflicto europeo.

Según las películas y varios libros con tapa dura (y pensamiento blando), los héroes fueron los estadounidenses. Normandía, Omaha Beach, el soldado Ryan. Nada que objetar en lo fáctico. El problema es que se presenta como relato total lo que fue, en realidad, una parte del conflicto.

(Shostakóvich, la Sinfonía No.7, compuesta en pleno asedio de Leningrado)

Desde cualquier aproximación cuantitativa mínimamente seria, el frente oriental fue el teatro decisivo de la guerra en Europa. Entre el 75% y el 80% de las bajas militares alemanas se produjeron en combates contra la Unión Soviética. Alemania perdió allí más soldados que en el frente occidental, el Mediterráneo y África combinados. La URSS movilizó más de 34 millones de personas y sufrió alrededor de 27 millones de muertos, de los cuales cerca de 18 millones fueron civiles.

Stalingrado no fue una batalla simbólica, sino la destrucción operativa del Sexto Ejército alemán, con más de 300.000 efectivos neutralizados. Kursk selló la pérdida definitiva de la capacidad ofensiva alemana en la mayor batalla acorazada de la historia. El asedio de Leningrado causó más de un millón de muertes civiles y fijó durante casi 900 días recursos militares que no pudieron emplearse en otros frentes. El colapso material del poder militar nazi ocurrió en el este, no por acumulación moral, sino por agotamiento estructural.

Sin mitología ni negación

El rol estadounidense fue decisivo, pero en otro plano. Estados Unidos aportó capacidad industrial, logística y tecnológica. El programa Lend-Lease suministró a la URSS cerca del 10% de su equipamiento militar total, con porcentajes mayores en camiones, rieles y suministros críticos. Esa contribución aceleró la victoria, pero no la originó. El grueso del combate terrestre y la absorción del desgaste humano ocurrieron sin tropas estadounidenses en el frente oriental.

Desde un análisis de poder, esto no minimiza a Estados Unidos sino que lo ubica correctamente. Washington ganó la posguerra porque ganó la guerra industrial y, sobre todo, la guerra del relato posterior. Ambas dimensiones importan, pero no son equivalentes.

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Producción de memoria como política pública implícita

La marginalización del frente oriental no es un error acumulativo ni una amnesia inocente. Responde a incentivos estructurales claros. La industria cultural estadounidense actúa como principal vector global de socialización histórica y privilegia narrativas individualizadas, moralmente claras y fácilmente exportables. Normandía cumple esas condiciones. Stalingrado no. Una se deja musicalizar. La otra huele a barro, hambre y aniquilación industrial.

“Fue el ejército ruso quien desgarró las entrañas de la máquina militar alemana.”Winston Churchill, discurso en la Cámara de los Comunes, 1944.

En paralelo, la Unión Europea optó por una memoria administrativa. El 9 de mayo se resignificó como Día de Europa, diluyendo su contenido antifascista original. La memoria se neutraliza para evitar fricciones ideológicas internas. El antifascismo explícito obliga a definir enemigos históricos con precisión, algo incómodo para un proyecto político basado en consensos amplios y equilibrios frágiles.

A esto se suma la equiparación normativa entre nazismo y comunismo, formalizada en resoluciones europeas. Presentada como equilibrio moral, funciona como cierre político del debate histórico. Borra diferencias de contexto, escala y función, y produce una narrativa compatible con el orden liberal actual sin necesidad de entrar en matices incómodos.

La simplificación de las narrativas

Las afirmaciones contemporáneas de líderes estadounidenses sosteniendo que nadie hizo más que Estados Unidos para derrotar al nazismo no expresan ignorancia histórica. Son enunciados funcionales, diseñados para reforzar continuidad moral en un contexto de competencia estratégica y desgaste del liderazgo occidental.

En esta guerra, gana quien pone la cámara. La batalla más sangrienta de la historia moderna recibe menos minutos en pantalla que cualquier escena de Normandía. La ecuación es simple. Normandía emociona, vende y se deja musicalizar. Stalingrado huele a barro, vodka y proletariado. Eso no da Oscar.

La gestión selectiva de la memoria tiene efectos concretos. Sistemas educativos con relatos simplificados producen élites políticas con baja tolerancia a la complejidad histórica. El resultado son diagnósticos estratégicos pobres y políticas exteriores basadas más en moralización que en correlaciones reales de poder.

Beanpole (Дылда, 2019), o cómo fue superar, desde lo humano, el asedio de Leningrado.

La derrota del nazismo fue el resultado de una coalición amplia, pero la destrucción material de la capacidad militar alemana ocurrió en el frente oriental. Negar ese dato no reescribe la historia; la maquilla para consumo distante. Los millones de soviéticos muertos no son un apéndice incómodo del relato occidental ni un daño colateral narrativo. La memoria selectiva y la torsión deliberada de los archivos no constituyen homenaje ni juicio moral, sino propaganda retrospectiva de baja intensidad.

En tiempos de rusofobia vintage y nacionalismos gourmet, recordar se vuelve peligroso. Por eso lo banalizan. Persistir en un relato que invisibiliza ese hecho no es un error académico. Es una decisión política consciente. Y como toda mala decisión política, empobrece el análisis del presente.

Así que la próxima vez que alguien le diga que EEUU salvó al mundo, sonría, asiente...y pregúntale cuántos soldados soviéticos murieron en Kursk. O cuántos españoles fueron enviados a Mauthausen. Spoiler: no lo sabe.

En ese momento empezará la verdadera conversación.


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