Parte IV (y final): Los BRICS+ al acecho
“Cuando los tigres luchan en el valle, el mono sabio se sienta en la montaña y observa.” (虎斗于谷,猿观于山) — Proverbio tradicional chino, siglo V a.C.
La guerra en Ucrania no creó el BRICS+, pero activó su función latente. A partir de 2022, la reasignación de flujos comerciales y financieros rusos aceleró la construcción de circuitos redundantes fuera del núcleo occidental. Para 2024, más del 70% de las exportaciones energéticas rusas se dirigían a Asia y Medio Oriente, mientras el uso del dólar en su comercio exterior descendía de forma sostenida por debajo del umbral mayoritario. El BRICS+ dejó de ser un foro declarativo y pasó a operar como infraestructura mínima de continuidad sistémica.
No es un bloque ni una alianza. Es una arquitectura de escape incremental. Su lógica no es reemplazar el orden existente, sino reducir el costo de desobedecerlo. Cada acuerdo bilateral en moneda local, cada corredor logístico alternativo y cada mecanismo financiero paralelo cumple una función defensiva específica. La coherencia no es ideológica, es funcional.
Turquía en su posición clave, puente entre Asia y Europa
Turquía, el equilibrista
Turquía maximiza una ventaja que no puede reproducirse. Controla los accesos al Mar Negro, es miembro formal de la OTAN y mantiene una interdependencia energética profunda con Rusia. En 2023, cerca del 45% de su gas natural provenía de proveedores rusos, mientras el comercio bilateral superaba los 60.000 millones de dólares. Ankara evitó sanciones financieras plenas y se consolidó como canal logístico indirecto hacia Eurasia, sin romper compromisos formales con Occidente.
La ambigüedad no es disonancia. Es estrategia de arbitraje. Con inflación superior al 60% y déficit estructural de cuenta corriente, Turquía necesita flexibilidad financiera permanente. El interés en el BRICS+ responde a esa necesidad. El Nuevo Banco de Desarrollo no sustituye al FMI ni a los mercados europeos, pero reduce dependencia marginal y mejora capacidad negociadora. Para Turquía, el BRICS+ no es destino, es palanca.
El resultado es tangible. Cualquier intento de disciplinamiento externo enfrenta costos de coordinación crecientes, retrasos decisionales y filtraciones inevitables. Turquía no sale de Occidente. Obliga a Occidente a operar con ella dentro.
Estambul, Turquía
Irán, pura geostrategia
Irán internaliza la presión. Su posición geográfica le permite afectar indirectamente cerca del 20% del comercio mundial de petróleo que transita por el Estrecho de Ormuz. Bajo sanciones prolongadas, desarrolló capacidades endógenas con altos costos pero retornos estratégicos. Más del 80% de su equipamiento militar ligero y sistemas de drones es producido o ensamblado localmente, según estimaciones convergentes de IISS y SIPRI.
Su incorporación al BRICS+ formaliza una orientación que ya estaba operativa. Irán dejó de perseguir reintegración y pasó a anclar interdependencias selectivas. El acuerdo de cooperación a largo plazo con China y su rol en el Corredor Internacional Norte-Sur lo convierten en nodo logístico crítico entre Eurasia, el Golfo y el subcontinente indio. El desarrollo del puerto de Chabahar con India reduce dependencia regional de rutas marítimas bajo control occidental.
El programa nuclear funciona como disuasión incompleta pero suficiente. No garantiza impunidad, pero eleva el umbral de coerción. Lo que busca en el BRICS+ es neutralizar la eficacia de las sanciones como herramienta estructural.
Tanto la Ruta com la Franja de la Seda tienen como pivote a Irán.
India, la autonomía estratégica
India es el actor que convierte al BRICS+ en algo más que una agregación defensiva. No por alineamiento, sino por escala y consistencia. Representa más del 17% de la población mundial, mantiene tasas de crecimiento superiores al 6% y accede simultáneamente a capital occidental, energía rusa y tecnología israelí. Desde 2022, duplicó sus importaciones de petróleo ruso con descuentos sostenidos, reduciendo costos energéticos sin romper vínculos estratégicos con Washington.
Su apuesta es logística, financiera y temporal. El Corredor Norte-Sur, con más de 7.000 km proyectados, busca conectar Mumbai con Europa vía Irán y Rusia, reduciendo tiempos y dependencia de cuellos de botella controlados por Occidente. Al mismo tiempo, India participa activamente en el Quad, incrementa cooperación tecnológica con Estados Unidos y limita su exposición monetaria a China.
India no actúa como potencia revisionista clásica. Actúa como potencia de absorción. No intenta derribar el orden liberal, sino operar dentro de él mientras construye salidas alternativas. Su doctrina es autonomía estratégica en un sistema fragmentado, sin dependencias críticas irreversibles.
El Corredor Norte-Sur, de la India a Europa pasando por Irán y Rusia.
Los hilos invisibles
“La estabilidad global yace en la capacidad de adaptación de los actores al flujo del poder.” — Adaptado de Zbigniew Brzezinski
El BRICS+ no reemplaza al dólar ni a las instituciones de Bretton Woods. Las desgasta por acumulación funcional. El efecto no es inmediato, pero es persistente. Cada mecanismo alternativo reduce marginalmente la capacidad de coerción financiera occidental y aumenta el costo de coordinación entre aliados. Las sanciones siguen existiendo, pero operan con menor precisión y mayor latencia.
El poder ya no se ejerce por exclusión total, sino por fricción. En ese entorno, la proliferación de rutas, monedas y bancos no crea un nuevo orden, pero hace al existente más costoso de imponer. Una vez construida, la redundancia no se desmonta. Se normaliza.
El BRICS+ no avanza como bloque ni como alianza. Avanza como red distribuida. No anuncia un nuevo sistema. Reduce silenciosamente la capacidad del viejo para disciplinar.
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