¿Nos adentramos en una Edad Media digital?

16 de diciembre de 2025

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El Índice de Democracia 2024 de The Economist registró que solo el 6,6% de la población mundial, en 25 países, vive hoy bajo una "democracia plena", frente a más del 44% de los países del mundo clasificados como democracias de algún tipo en 2021. Esa caída no es un dato coyuntural, es el síntoma medible de algo que Carl Sagan anticipó en 1995: que los avances tecnológicos terminarían concentrados en pocas manos, mientras quienes debían representar el interés público carecerían de la capacidad de comprender los problemas de fondo. Treinta años después llevamos supercomputadoras en el bolsillo, pero lo que se desmorona no es el acceso a datos, es la posibilidad compartida de interpretarlos.

La desinformación dejó de ser un dilema ético y pasó a ser un modelo económico con reglas precisas de producción, distribución y monetización. Johan Farkas y Jannick Schou muestran que el discurso de la posverdad está ligado a una condición en la que la razón, la evidencia y la deliberación pública pierden su papel como ejes de la política, reemplazados por audiencia, afecto y performatividad. Chomsky ya había anticipado que las democracias que no controlan por la fuerza terminan controlando lo que la gente piensa mediante propaganda. Las plataformas digitales reorganizaron los flujos informativos para que cada nicho habite su propia caja de resonancia con su propio sistema de "evidencias", sin criterios compartidos de arbitraje.

Un estudio de la Universidad de Illinois de 2024, con casi 2.500 participantes, reveló que 45,7% no distinguía hechos de opiniones mejor que por azar, y menos del 5% identificó correctamente todas las afirmaciones evaluadas. La política deja de ser una disputa sobre hechos contrastables y se convierte en una competencia de relatos diseñados para activar emociones. El dato no mata al relato, y la deliberación se vuelve imposible cuando la evidencia deja de ser una variable compartida.

Para el economista Yanis Varoufakis vivimos el orden del tecnofeudalismo, donde las plataformas extraen renta por el mero acceso a la vida social digitalizada, controlando infraestructuras críticas de comunicación, comercio y trabajo de un modo que recuerda las estructuras extractivas de la nobleza feudal. Esa concentración de poder cognitivo se traduce en una ilusión de diversidad: multiplicar plataformas no equivale a multiplicar fuentes epistemológicas seguras. La evidencia contemporánea muestra que los flujos virales terminan frecuentemente canonizados por los mismos grandes medios tradicionales, reforzando patrones de hegemonía narrativa que no desaparecen con la fragmentación digital.

El contraargumento más interesante contra la lectura de que el control estatal reduce la fragmentación epistémica viene de un estudio publicado en octubre de 2024 en Information, Communication & Society, que investigó la búsqueda cotidiana de información en China rural y urbana. El hallazgo central desafía la premisa fácil: pese al espacio digital fuertemente controlado del país, la desinformación en la vida cotidiana no es menor que en contextos abiertos, y el fenómeno tiene implicancias que los autores extienden explícitamente al Sur Global. Esto sugiere que la fragmentación epistémica no depende principalmente del diseño institucional de apertura o censura, sino de algo más estructural en cómo operan las plataformas digitales en cualquier régimen. En ciertas regiones de Europa del Eastern, de forma consistente con ese hallazgo, son los medios tradicionales capturados y no las redes sociales quienes difunden ideas iliberales, mientras las plataformas funcionan ahí como espacio de resistencia, lo cual confirma que la configuración epistémica depende tanto del diseño tecnológico como del contexto institucional específico, no de una sola variable dominante.

La post-verdad instala una duda permanente que reduce la deliberación democrática a ciclos de ataque, sospecha y deslegitimación. No niega los hechos: los disuelve en relatos alarmistas que empujan a la radicalización. El historiador estadounidense Timothy Snyder, de Yale, ha advertido en su trabajo sobre autoritarismo que la voluntad colectiva de restablecer una infraestructura común de la verdad es la variable crítica antes de que la fragmentación se vuelva irreversible, una idea recurrente en On Tyranny y The Road to Unfreedom más que una cita textual única.

Las herramientas para enfrentar esta crisis existen: plataformas de deliberación ciudadana como vTaiwan, sistemas de verificación colaborativa, alfabetización digital crítica, código abierto auditable y regulación democrática de algoritmos. ¿Qué combinación de esas herramientas tendría que escalar más allá de experimentos aislados como vTaiwan para que la infraestructura común de la verdad se reconstruya antes de que la próxima generación considere la fragmentación no como crisis, sino como el estado normal de las cosas?

Referencias

  • The Economist Intelligence Unit. (2025, febrero). Democracy Index 2024: What's Wrong With Representative Democracy? https://www.eiu.com/n/campaigns/democracy-index-2024/
  • Mondak, J. J., Schulte, O., Canache, D., Muddiman, A., & Gibson, T. (2024). Fact-Opinion Differentiation. Harvard Kennedy School Misinformation Review, 5(2). https://doi.org/10.37016/mr-2020-135
  • Farkas, J., & Schou, J. (2019). Post-Truth, Fake News and Democracy: Mapping the Politics of Falsehood. Routledge.
  • Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism: What Killed Capitalism. Melville House.
  • Zhu, Y., et al. (2024). 'Living in a Post-Truth Era'? Online Misinformation in Everyday Life in Rural and Urban China. Information, Communication & Society. https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/1369118X.2024.2413112
  • Snyder, T. (2018). The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America. Tim Duggan Books.