¿Nos adentramos en una Edad Media Digital?

28 de octubre de 2025

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¿Nos adentramos en una Edad Media Digital?

En 1995 Carl Sagan advirtió que los avances tecnológicos acabarían concentrados en manos de unos pocos, mientras quienes debían representar el interés público no tendrían siquiera la capacidad de comprender los problemas de fondo. Treinta años después llevamos supercomputadoras en el bolsillo, pero la frontera entre hecho, ficción y medias verdades se volvió deliberadamente borrosa. Lo que se desmorona no es el acceso a datos sino la posibilidad compartida de interpretarlos.

La desinformación dejó de ser un dilema ético y pasó a ser un modelo económico con reglas precisas de producción, distribución y monetización. Mentir en campañas electorales, manipular hechos para referendos o justificar invasiones es una práctica insertada en estrategias de poder. Johan Farkas y Jannick Schou muestran que el discurso que hoy llamamos posverdad está ligado a una condición en la que la razón, la evidencia y la deliberación pública pierden su papel como ejes de la política, y en su lugar emergen razones de audiencia, afecto y performatividad. 

El lingüista y politólogo estadounidense Noam Chomsky (n.1928)

Noam Chomsky anticipó que las democracias que no controlan por la fuerza terminan controlando lo que piensa mediante propaganda. Las plataformas digitales reorganizaron los flujos informativos para que cada nicho habite su propia caja de resonancia con su propio sistema de “evidencias”, sin criterios compartidos de arbitraje. Esto es una fragmentación donde la idea de una realidad compartida se disuelve en múltiples narrativas incompatibles, principalmente en las redes souciales.

Saturación informativa y degradación de la deliberación

Los modelos de inteligencia artificial se entrenan con volúmenes masivos de datos atravesados por sesgos, propaganda y simulación. La experiencia humana opera como insumo gratuito; la IA procesa esos datos y regresa al circuito como contenido que alimenta los siguientes entrenamientos. El resultado es una mezcla de ruido y evidencia que confunde más que aclara, porque los algoritmos priorizan resonancia afectiva sobre consistencia empírica.

La IA Grok, presentado por Elon Musk, se alimenta principalmente de los tuits de X.

En un entorno así, el dato verificable pierde su peso relativo a configuraciones narrativas que compiten por atención. Las investigaciones sobre “episodios de posverdad” muestran que la disolución de una base epistemológica compartida no emerge de una sola causa, sino de la combinación de personalización algorítmica, cámaras de eco y segmentación emocional que fragmentan los consensos mínimos.

Un estudio de la Universidad de Illinois de 2024, con casi 2500 participantes, reveló que el 45,7% no distinguía hechos de opiniones mejor que por azar y que menos del 5% identificó correctamente todas las afirmaciones evaluadas. El resultado es un reflejo del entorno saturado y estratégicamente sesgado en el que operan cognición y atención. La política deja de ser una disputa sobre hechos contrastables y se convierte en una competencia de relatos diseñados para activar emociones. La deliberación se vuelve imposible cuando la evidencia deja de ser una variable compartida ("qué ocurrió" pasó a ser "quién tiene razón" o en palabras simples: el dato no mata al relato).

El economista griego Yanis Varoufakis en Qatar ©Bloomberg.

Los nuevos señores y la ilusión de diversidad

Para el economista Yanis Varoufakis vivimos el orden del tecnofeudalismo, donde las plataformas extraen renta por el mero acceso a la vida social digitalizada. Las grandes tecnológicas controlan infraestructuras críticas de comunicación, comercio, trabajo e interacción simbólica, de una manera que recuerda las estructuras extractivas de la nobleza feudal. Esta es una descripción de cómo se ejerce hoy el poder sobre los marcos de interpretación pública.

Esa concentración de poder cognitivo se traduce en la ilusión de diversidad. Multiplicar plataformas no equivale a multiplicar fuentes epistemológicas seguras. Chomsky ya advirtió que más canales no significan más criterios de verdad. La evidencia contemporánea indica que los flujos virales terminan frecuentemente siendo canonizados o aclarados por los mismos grandes medios tradicionales, reforzando patrones de hegemonía narrativa que no desaparecen con la fragmentación digital. La diversidad es una ilusión de superficie que oculta una homogeneidad estructural en los modos de amplificación.

Este fenómeno no es exclusivo de un solo contexto. En ciertas regiones de Europa del Este, por ejemplo, son los medios tradicionales capturados y no las redes sociales quienes juegan un rol central en la difusión de ideas iliberales. Allí, las plataformas funcionan como espacios de resistencia y movilización, lo que indica que la configuración epistemológica depende tanto del diseño tecnológico como del contexto institucional. 

Democracia saturada y la reconfiguración del conflicto

La post-verdad instala una duda permanente que reduce la deliberación democrática a ciclos de ataque, sospecha y deslegitimación. No niega los hechos. El lema del The Washington Post, Democracy Dies in Darkness, resulta insuficiente, porque la democracia no solo muere en la oscuridad: también colapsa cuando la luz está tan fragmentada que nadie sabe a qué atenerse. Ver más no significa entender mejor, y saber que todo es debatible puede despojar de dirección a cualquier acción colectiva.

Las cifras del colapso no son meramente coyunturales: la crisis de epistemología política es una condición persistente en varios sistemas democráticos contemporáneos. Los trabajos sobre post-truth muestran que esta condición no es un efecto accidental de la tecnología, sino una intersección de desconfianza generalizada, comunicación mediada tecnológicamente y discursos populistas que compiten por audiencias fragmentadas. 

El Índice 2024 de Democracias Plenas (en azul) confeccionado por el The Economist ©Wikipedia

La post-verdad allana el camino del autoritarismo al disolver los hechos en relatos alarmistas que empujan a la radicalización. En lugar de un retorno nostálgico a principios universales de racionalidad, la salida requiere reconstruir infraestructuras epistemológicas que permitan decidir colectivamente qué cuenta como evidencia. Con la imprenta, la alfabetización permitió estabilizar criterios comunes de veracidad durante siglos. La salida de esta era de confusión también deberá ser epistemológica o no ocurrirá.

"Lo que sigue en duda es si aparecerá a tiempo la voluntad colectiva para restablecer una infraestructura común de la verdad antes de que la fragmentación se vuelva irreversible." – Timothy Snyder, historiador británico

Las herramientas para enfrentar esta crisis existen: plataformas de deliberación ciudadana como vTaiwan, sistemas de verificación colaborativa, alfabetización digital crítica, código abierto auditable, y regulación democrática de algoritmos [soberanía digital]**.**El interrogante no es técnico sino político, porque abrir espacios agentes libres de cohesión epistemológica implica disputar quién define las reglas del juego informativo antes de que la fragmentación se vuelva irreversible.


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