Según la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2024, 8,5% de los hogares chilenos fue víctima de algún delito violento, mientras 87,7% de la población declaró creer que la delincuencia aumentó a nivel país en los últimos doce meses. Esa brecha entre experiencia directa y percepción colectiva se convirtió en el principal insumo de la competencia política chilena en 2025, desplazando a los indicadores objetivos como criterio decisional. La competencia electoral entró en una fase distinta, no por realineamiento ideológico profundo, sino por un cambio en los mecanismos de formación de preferencias que ya se observa en democracias occidentales desde al menos la década de 2010.
Trump ha cambiado las campañas en la derecha en tanto el electo alcalde de Nueva York, Mamdani, ha optado por el trabajo en terreno y la cercanía con el votante ©AP/Politico.
Jeannette Jara presentó un programa de más de cien páginas con 383 medidas, consistente con estándares técnicos comparables a los que promueve la OCDE en materia laboral y de protección social. Desde el diseño estatal, la propuesta es racional y coherente. Desde la competencia política contemporánea, es marginal, porque ese tipo de contenido circula en espacios que ya no estructuran la decisión electoral mayoritaria. Candidaturas como las de Johannes Kaiser o Franco Parisi operaron en el registro opuesto: mensajes de baja complejidad cognitiva y alta carga emocional, orientados a estabilizar percepciones sobre seguridad, migración y orden social antes que a persuadir con evidencia.
Tres mecanismos explican esta dinámica. El cognitivo: la psicología política muestra que emociones como el miedo y la ira alteran el procesamiento de información, reduciendo la disposición a evaluar argumentos complejos, economía cognitiva pura en contextos de incertidumbre. El tecnológico: estudios comparados de centros como la LSE documentaron que los entornos algorítmicos premian contenidos con alta activación emocional por su mayor retención y repetición, penalizando estructuralmente a los programas extensos. El identitario: la nueva derecha chilena articula seguridad, moral y pertenencia como paquete indivisible, con Kaiser construyendo una frontera simbólica clara entre orden y desorden, y Parisi reproduciendo el esquema con menor densidad ideológica pero eficacia emocional similar.
El candidato J.A. Kast en un acto detrás de un vidrio blindado y el candidato Parisi, ambos intentan replicar al presidente Donald Trump.
Aquí se vuelve central la distinción entre statecraft y soulcraft. El statecraft administra capacidades estatales y marcos regulatorios con criterios técnicos. El soulcraft define identidades, jerarquías morales y límites de pertenencia antes de que exista cualquier política pública concreta. La nueva derecha compitió deliberadamente en el plano del soulcraft, mientras la centroizquierda permaneció casi exclusivamente anclada en el statecraft.
Del otro lado, vale reconocer que esta lectura podría sobreestimar la novedad del fenómeno: la política emocional no nació en 2025, y organismos como el BID y la CEPAL ya advertían antes de 2020 que las políticas de seguridad punitiva presentan retornos decrecientes en reducción efectiva del delito pese a sus altos retornos políticos inmediatos, patrón documentado desde hace más de una década en la región. Es un punto válido: el mecanismo es viejo. Pero lo distintivo de 2025 no es que la emoción domine la política, es la velocidad y precisión con que los entornos algorítmicos la seleccionan y amplifican, una variable tecnológica que sí es nueva respecto a los ciclos electorales previos a la masificación de redes.
In Chile esto produjo una paradoja funcional: las propuestas más sólidas desde el punto de vista estatal fueron las menos competitivas electoralmente, mientras las narrativas más simples concentraron atención, lealtad y capacidad de agenda, incluso con eficacia futura incierta. El riesgo de fondo no es quién gana la elección, es cómo se gobierna cuando el soulcraft domina sin contrapesos institucionales. Chile funciona como caso temprano de una transformación más amplia en las democracias contemporáneas: gobernar resulta insuficiente si no se controla también el marco emocional desde el cual la ciudadanía interpreta la realidad.
Referencias
- Instituto Nacional de Estadísticas, & Subsecretaría de Prevención del Delito. (2024). Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2024: Resultados Nacionales. Gobierno de Chile. https://subprevenciondeldelito.gob.cl/noticia/enusc-2024-victimizacion-por-delitos-violentos-se-mantiene-estable-a-nivel-nacional-como-tambien-en-14-de-las-16-regiones-del-pais/
- Marcus, G. E., Neuman, W. R., & MacKuen, M. (2000). Affective Intelligence and Political Judgment. University of Chicago Press.
- Iyengar, S., Sood, G., & Lelkes, Y. (2012). Affect, Not Ideology: A Social Identity Perspective on Polarization. Public Opinion Quarterly, 76(3), 405-431. https://doi.org/10.1093/poq/nfs038
- Hobolt, S. B., & de Vries, C. (2018). Party Competition and Emotive Rhetoric. British Journal of Political Science, 48(1), 1-28. https://eprints.lse.ac.uk/86545/
- Mudde, C., & Rovira Kaltwasser, C. (2017). Populism: A Very Short Introduction. Oxford University Press.
- Banco Interamericano de Desarrollo. (2017). ¿Qué Funciona y Qué No en la Prevención del Delito?. BID. https://publications.iadb.org/publications/spanish/document/Qué-funciona-y-qué-no-en-la-prevención-del-delito.pdf
