La ilusión de la paz en Palestina

30 de septiembre de 2025

Portada de La ilusión de la paz en Palestina

La ilusión de la paz en Palestina

El plan de paz presentado por Netanyahu, con apoyo explícito o implícito de Washington según el día, no inaugura una negociación sino que ordena en un documento lo que ya ocurre sobre el terreno. El desarme unilateral de Hamás, una administración tecnocrática sin poder político y una presencia militar israelí indefinida no equilibran intereses, los congelan. Una parte entrega capacidad coercitiva y la otra la conserva intacta, lo que convierte la palabra paz en un recurso narrativo, no en una variable estratégica.

El reconocimiento internacional de Palestina opera bajo el mismo patrón. 156 Estados reconocen su existencia, pero ninguno respalda control efectivo de fronteras, espacio aéreo o aguas territoriales, que son los atributos mínimos de soberanía operativa. El resultado es una entidad jurídicamente válida e inmaterialmente inexistente, una confirmación empírica de la soberanía como hipocresía organizada descrita por Krasner.

En términos materiales, la ocupación no ha cambiado de signo en tres décadas. Más del 60% de Cisjordania permanece bajo control israelí directo, mientras Gaza depende en más del 90% de Israel para electricidad, agua y entrada de bienes estratégicos según el Banco Mundial. Estas cifras no son un contexto, son la estructura misma del conflicto. El reconocimiento diplomático no las altera y, por tanto, no altera nada relevante.

La flotilla con ayuda humanitaria, el miércoles 1 de octubre, frente a las costas de Gaza.

La narrativa es otro campo de batalla paralelo.

El legado de Oslo se observa con nitidez en la Autoridad Nacional Palestina. Creada como administración transitoria, hoy opera con 12 aparatos de seguridad distintos, mantiene un agente por cada 16 habitantes y destina más del 30% de su presupuesto al sector seguridad, superando educación y salud combinadas. La ANP administra población y riesgo, no construye Estado, lo que explica su erosión de legitimidad y su dependencia política permanente.

La fragmentación territorial no es poca cosa. Tanto en Cisjordania como en Jerusalén Este residen más de 700.000 colonos israelíes conectados por infraestructura exclusiva y protegidos por presencia militar constante. El territorio palestino ha quedado reducido a enclaves discontinuos sin continuidad logística ni autonomía funcional, por lo tanto bajo este contexto, no se puede confundir soberanía y cartografía con poder.

La solución de dos Estados carece de correspondencia empírica. No existe un Estado palestino viable sin control hídrico, recaudación fiscal autónoma o capacidad mínima de defensa. Lo que existe es un Estado consolidado y una población administrada, una arquitectura más cercana a bantustanes que a partición soberana.

El presidente Abbas, de la ANP, debido a una visa denegada, discursa online en la ONU.

Desde una perspectiva prospectiva, el equilibrio dominante es el statu quo gestionado por racionalidad estratégica. Israel absorbe costos reputacionales crecientes, pero evita cruzar umbrales económicos o financieros críticos. Mientras no haya sanciones secundarias, restricciones tecnológicas relevantes o impacto en inversión extranjera directa, el incentivo al cambio estructural es bajo.

El costo palestino se externaliza a la gestión humanitaria internacional. La variable prospectiva clave no es la crisis inmediata, sino la saturación del sistema de ayuda. Déficits persistentes de financiamiento en UNRWA, fatiga de donantes y politización de la asistencia pueden reducir la ayuda per cápita por debajo del umbral de contención social. Cuando la ayuda deja de estabilizar, la administración del conflicto se vuelve ineficiente.

Otra variable es la sucesión del liderazgo palestino. El marco actual asume continuidad de élites desacreditadas, pero la salida de Mahmoud Abbas introduce riesgo real de fragmentación intra-palestina. Emergencias locales, municipales o tecnocráticas con legitimidad social podrían alterar dinámicas internas, aunque sin modificar por sí solas la estructura de ocupación.

La batalla narrativa tampoco es irrelevante. La circulación directa de imágenes desde Gaza ha deteriorado la percepción de Israel entre menores de 30 años en Europa y Norteamérica según encuestas de Pew Research. Este cambio no altera decisiones estratégicas inmediatas, pero abre una brecha generacional entre élites políticas y electorados futuros que no desaparece sola.

Barrios arrasados por el ejercito israelí. ©The New York Times.

Europa ilustra bien esta disonancia. Mientras reconoce simbólicamente a Palestina o habilita debates parlamentarios incómodos, mantiene exportaciones militares activas a Israel, que en el caso de la Unión Europea superaron los €1.200 millones entre 2018 y 2023 según SIPRI. El costo reputacional crece, pero el costo estratégico sigue siendo manejable.

La alternativa de un Estado único democrático gana espacio académico, pero enfrenta obstáculos estructurales, no morales. Colisiona con la definición étnica del Estado israelí y con décadas de fragmentación socioeconómica inducida. No es un problema de ideas, sino de redistribución real de poder coercitivo, hoy políticamente ausente.

La automatización militar y la vigilancia masiva profundizan la asimetría. Drones, IA de targeting y control algorítmico reducen el costo político del uso de la fuerza, prolongando el equilibrio existente. La regionalización pasiva del conflicto añade fricción controlada en Líbano, el mar Rojo o el ciberespacio sin cruzar umbrales de guerra total.

El plan Trump Netanyahu y los reconocimientos diplomáticos cumplen así una función estética y estabilizadora. Producen resoluciones y fotografías, pero no alteran las variables centrales de poder, que siguen siendo control territorial, capacidad militar y autonomía económica. Reconocer sin transferir soberanía efectiva equivale a otorgar un título sin jurisdicción, elegante en el papel e irrelevante en la práctica.

Mientras no se crucen umbrales materiales, la paz seguirá siendo performativa. La cuestión palestina no se resuelve en declaraciones sino en redistribución concreta de control. Todo lo demás es administración prolongada del conflicto con lenguaje diplomático.


[Referencias en comentarios]