La capitulación ucraniana o la cabeza de Zelensky.

28 de noviembre de 2025

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Un inodoro de oro encontrado en una casa de un funcionario del gobierno ucraniano

La capitulación ucraniana o la cabeza de Zelensky.

Ucrania dejó de operar en clave estratégica y pasó a administrar desgaste acumulado. El liderazgo actúa dentro de un corredor político cada vez más estrecho, donde ninguna decisión mejora la posición general y toda acción acelera el deterioro siguiente. Zelenski gobierna bajo una dependencia externa que ya no funciona como respaldo estratégico, sino como mecanismo de condicionamiento indirecto sobre tiempos, objetivos y umbrales de negociación. La autonomía real de Kiev es limitada y decreciente, y su capacidad para alterar el curso del conflicto se reduce con cada ciclo temporal.

El plan de paz impulsado por Trump no inaugura una negociación: formaliza una correlación de fuerzas ya consolidada. El reconocimiento de Crimea y el Donbás, la neutralidad constitucional permanente y la exclusión definitiva de la OTAN aparecen como parámetros fijados, no como concesiones transables. El tiempo se convierte en el actor central del conflicto, porque cada mes adicional erosiona capacidad militar, legitimidad interna y valor político de cualquier acuerdo futuro.

La situación es crítica debido a una acumulación de tensiones que anulan la capacidad correctiva del sistema. El margen de error se comprime mientras la eficacia marginal de cada decisión se aproxima a cero. Ucrania gestiona deterioro y la situación política y militar es crítica, agónica.

Dinero incautado en su departamento y el acusado de corrupción, Timur Mindich.

El tiempo como factor corrosivo

En 2022 existía margen de maniobra: canales exploratorios abiertos, demandas rusas más acotadas, respaldo social elevado y una estructura estatal menos tensionada. Ese ciclo se cerró cuando las negociaciones fueron abortadas y la guerra ingresó en una lógica de prolongación estratégica, donde el desgaste humano se volvió acumulativo y la reposición militar pasó a depender de flujos externos asimétricos. La fatiga social es un dato observable.

La ecuación material es persistentemente desfavorable. Ucrania pierde territorio de forma incremental, sufre destrucción sostenida de infraestructura crítica y mantiene su economía mediante transferencias externas que superan el 20% del PIB. La capacidad de absorción de shocks se reduce y toda prolongación del conflicto incrementa la dependencia financiera y política, incluso bajo escenarios de aumento marginal de ayuda militar.

El problema es estructural. Ucrania opera como Estado tapón sin autodeterminación efectiva, con capacidad estatal incompleta, élites fragmentadas y una dependencia exterior que bloquea la formulación de un proyecto soberano coherente. La premisa occidental de construir un Estado moderno bajo fuego permanente colapsa frente a la evidencia acumulada.

Caras largas en la comitiva ucraniana durante las negociaciones llevadas este domingo 30 de noviembre en Miami.

Fragmentación interna y riesgo de ruptura

La salida de Andrey Yermak expuso un sistema político personalista, sostenido más por lealtades que por instituciones. Sin ese operador central, el poder presidencial pierde capacidad para coordinar ministerios, contener disputas internas y sostener una línea coherente frente a actores externos con agendas propias. El gobierno entra en una dinámica reactiva, con decisiones tardías y costos crecientes.

En paralelo, se consolida una fractura protagonizada por sectores nacionalistas y veteranos con legitimidad construida en el frente, redes organizativas reales y acceso a recursos coercitivos que el Estado ya no monopoliza plenamente. A medida que una eventual firma entra en el horizonte, ese núcleo deja de ser presión política y pasa a funcionar como amenaza estructural. No es disenso ideológico: es capacidad de veto material.

Colosal ataque de drones y misiles hipersonicos sobre Kiev (en el centro) el pasado 28 de noviembre.

Lecturas no occidentales y cálculo estratégico

En Beijing, el conflicto se lee como evidencia del agotamiento operativo del liderazgo estadounidense: ampliación de alianzas que no producen disuasión, sanciones que no fuerzan rendición y guerras que no cierran. La pregunta china no es quién gana en el Donbás, sino cuánto capital sistémico pierde Washington cada año que el conflicto permanece abierto. Ucrania funciona como demostración, no como prioridad.

En Moscú, la guerra se administra como una ecuación de costos controlables y beneficios acumulativos. Las sanciones ya fueron absorbidas, el reordenamiento energético se estabilizó y la deuda pública se mantiene en niveles que permiten financiar el esfuerzo sin tensión fiscal crítica. Mientras ese equilibrio se sostenga, el tiempo no es ningún problema para Rusia sino una palanca estratégica.

India se ha distanciado del equilibrio moral. Compra energía, preserva autonomía y observa el conflicto como parte del reacomodo global posterior a la hegemonía unipolar. Ucrania dejó de ser una causa y pasó a ser contexto dentro de un sistema internacional crecientemente transaccional.

Andriy Yermak, jefe de la oficina del presidente.

El viejo zorro a la espera.

Ninguna opción preserva la estabilidad política de Zelenski en el mediano plazo. Una firma concentra el riesgo de ruptura interna en un país armado y fragmentado; la negativa prolonga una guerra sostenida con recursos humanos agotados, una economía dependiente de transferencias externas y un respaldo occidental crecientemente condicionado. En ambos escenarios, el control sobre el desenlace se reduce y los términos futuros empeoran con cada mes adicional.

Putin explota esa fragilidad al cuestionar de antemano la legitimidad política de Zelenski como firmante, introduce una incertidumbre estructural que invalida cualquier acuerdo antes de su implementación. El objetivo es solo consolidar ganancias territoriales e impedir que cualquier liderazgo ucraniano convierta el fin de la guerra en estabilidad política duradera.

Zelenski queda atrapado en una convergencia de fuerzas que ya no tolera su supervivencia prolongada. Washington redefine prioridades, Moscú maximiza el tiempo, los nacionalistas internos elevan el costo de cualquier concesión y la estructura estatal muestra límites evidentes bajo presión sostenida. El desenlace depende de una relación de poder en la que Ucrania dejó de controlar los recursos materiales que determinan su destino.


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