Gobernar con likes, trending y algoritmos

28 de agosto de 2025

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Un estudio de 2018 del MIT Media Lab, publicado en Science, encontró que las noticias falsas se difunden 70% más y llegan a la gente seis veces más rápido que las verdaderas en Twitter, mientras que investigación posterior sobre contenido moral-emocional (Brady et al., PNAS) mostró que cada palabra de carga moral adicional en un mensaje aumenta su difusión en 20%. Ese diferencial de velocidad no es marginal, es sistémico, y explica por qué la política latinoamericana ya no se organiza alrededor de programas ni coaliciones, sino de métricas de atención medible.

Chile y Argentina no se parecen por ideología ni trayectoria institucional, se parecen porque operan bajo las mismas plataformas, los mismos incentivos algorítmicos y la misma fragmentación de audiencias en tiempo real. El marco causal es simple: las arquitecturas digitales optimizan engagement, el engagement premia intensidad emocional, la intensidad reconfigura los incentivos de la competencia política, sin conspiración ni captura ideológica de por medio, solo funciones de optimización mal alineadas con gobernabilidad.

Chile opera como sistema de control de daños. Según Latinobarómetro, más de 60% de los chilenos prioriza estabilidad por sobre reformas profundas, coherente con el doble rechazo constitucional y la caída sostenida del apetito por disrupción. En un entorno de alta aversión al riesgo, la moderación deja de ser virtud moral y pasa a ser estrategia racional, aunque el algoritmo castigue esa estrategia con menor alcance.

Gráfico de tendencias e indicadores digitales en la política latinoamericana Gráfico de tendencias e indicadores digitales en la política latinoamericana.

Argentina responde a otra función de optimización. Los indicadores del Banco Mundial sitúan la confianza institucional persistentemente por debajo de 30% desde hace más de una década. En ese umbral, la prudencia no genera retornos políticos medibles, la disrupción sí: Milei no gobierna con el algoritmo, la atención sustituye a la credibilidad como recurso escaso y la agresión simbólica se convierte en capital político convertible.

Estudios de la OCDE muestran que cuando la confianza institucional cae bajo 35%, el apoyo a liderazgos confrontacionales crece de forma no lineal. En esos entornos, la radicalidad tiene rendimientos crecientes y la gestión silenciosa rendimientos decrecientes. Argentina encaja en ese patrón desde hace más de una década, Chile aún se mantiene fuera, pero con márgenes decrecientes. El Reuters Institute Digital News Report 2024 documenta que más de 55% del consumo político en América Latina ocurre vía redes sociales, superando 65% en menores de 35 años, entorno donde la coherencia programática reduce alcance y la agresión lo multiplica.

Del otro lado, vale preguntarse si esta lectura sobrestima el peso del diseño algorítmico frente a variables más tradicionales: Argentina tuvo ciclos de polarización política severa mucho antes de que existieran redes sociales, con la crisis de 2001 como ejemplo evidente. Es un punto válido, la fragmentación política latinoamericana no nació con el algoritmo. Pero el argumento de este análisis no es que las plataformas crearon la inestabilidad, es que la aceleraron y la volvieron más rentable electoralmente de lo que era antes, cuando la distancia entre un episodio de conflicto y su viralización tomaba días o semanas, no minutos.

Europa reaccionó antes porque el daño apareció antes. Finlandia lidera desde 2019 los índices de resiliencia frente a desinformación tras incorporar alfabetización digital temprana en su currículo escolar. Estonia reconstruyó confianza mediante identidad digital y trazabilidad estatal, manteniendo niveles de confianza institucional superiores a 50%. No es virtud cívica ni pedagogía moral, es infraestructura informacional alineada con objetivos estatales.

El contrafactual latinoamericano es claro: donde no hubo intervención sobre el entorno informacional, la polarización se volvió estructural y la capacidad de gobernar se degradó incluso con mayorías electorales formales. Sin corregir los incentivos algorítmicos, la política seguirá optimizándose para engagement y no para desempeño institucional. Tocqueville intuía que la democracia depende de hábitos compartidos más que de líderes excepcionales. Si la política continúa premiando crueldad rentable y castigando cooperación silenciosa, el resultado no será una fase de polarización pasajera, será una reducción estructural de la capacidad estatal.

Referencias

  • Vosoughi, S., Roy, D., & Aral, S. (2018). The Spread of True and False News Online. Science, 359(6380), 1146-1151.
  • Brady, W. J., et al. (2017). Emotion Shapes the Diffusion of Moralized Content in Social Networks. PNAS. https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.1618923114
  • Latinobarómetro. (2024). Latinobarómetro Report 2024. https://www.latinobarometro.org/documents/latinobarometro-informe-2024.pdf
  • Reuters Institute for the Study of Journalism. (2024). Digital News Report 2024. https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/digital-news-report/2024
  • OECD. (2024). Drivers of Trust in Public Institutions in Chile. https://doi.org/10.1787/0eb6341f-en
  • OECD & BID. (2024). Panorama de las Administraciones Públicas: América Latina y el Caribe 2024. https://www.latercera.com/pulso/noticia/informe-ocde-revela-que-chile-es-el-cuarto-pais-de-la-region-que-menos-confia-en-el-gobierno-y-es-uno-de-los-que-mas-cae-desde-2008/3WAMGVXT7JAKHKHHUSDHBSTFX4/