Realmente la Unión Europea parece que no fue diseñada para competir en un mundo de poder sino para domesticar a los Estados mediante reglas, procedimientos y consenso. Eso funcionó mientras el entorno fue estable, con Estados Unidos quien garantizó seguridad y el crecimiento compensó la lentitud decisoria.
Menos de la mitad de los Estados miembros de la Unión Europea alcanzaba el 2% del PIB en gasto militar en 2024, diez años después de que la anexión de Crimea prometiera un giro estratégico que nunca se materializó a escala. Ese desfase responde a una limitación industrial de fondo: incluso con aumentos de gasto, Europa no puede escalar producción de municiones, defensa aérea y logística crítica en menos de 24 a 36 meses, un límite que fija el techo práctico de cualquier autonomía declarada. Europa fue diseñada para domesticar Estados mediante reglas y consenso, y ese diseño funcionó mientras el entorno fue estable, Estados Unidos garantizó seguridad y el crecimiento compensó la lentitud decisoria.
El llamado "orden internacional basado en reglas" operó durante décadas como una coartada que permitió convertir dependencia estratégica en superioridad normativa. Mientras Washington protegía y Pekín producía, Bruselas regulaba, y el problema aparece cuando la regulación deja de apoyarse en capacidades materiales propias. La retirada de Angela Merkel dejó al descubierto que detrás de ella solo había administración del statu quo, mientras Macron exhibe ambición sin base industrial y Alemania gestiona la parálisis de su propia coalición.
“El rapto de Europa,” Tiziano, c.1560. Un toro, una princesa y el comienzo del largo viaje de Europa—llevada, ayer y hoy.
El despertar que no fue
La economía confirma el diagnóstico. Cerca del 40% del gas europeo continúa vinculado directa o indirectamente a Rusia mediante intermediarios, China controla más del 70% del refinado global de tierras raras, y Alemania exporta a China alrededor de €96.000 millones anuales pero importa más de lo que vende. La interdependencia funciona de manera persistentemente asimétrica, y a eso se suma un diferencial energético que obliga a la industria europea a pagar entre dos y tres veces más por energía que la estadounidense, un umbral que incentiva de forma automática la relocalización productiva hacia fuera del continente.
Estados Unidos entendió que la transición energética es política industrial dura y actuó mediante el Inflation Reduction Act, que movilizó subsidios directos a gran escala. Europa respondió con debates regulatorios y coordinación incompleta, lo que ya se traduce en decisiones empresariales concretas: entre 35% y 40% de las nuevas inversiones industriales europeas de gran escala se anunciaban a comienzos de 2025 fuera del continente, un umbral que, sostenido, implica pérdida de ecosistema productivo difícil de revertir. El poder regulatorio europeo sigue existiendo, pero las grandes tecnológicas ya internalizaron su costo como precio de acceso al mercado, incapaz ya de alterar decisiones de localización o inversión.
La cumbre de la UE en París, el 17 de febrero de 2025.
¿Qué puede (aún) hacer Europa?
El contraargumento más razonable sostiene que Europa conserva activos que ninguna cifra de gasto militar captura: un mercado de más de 440 millones de personas, capacidad regulatoria de alcance global y una red diplomática extensa que ni Washington ni Pekín pueden replicar fácilmente. Es cierto que esos activos existen. Pero sin conversión estratégica, es decir, sin que defensa, industria y energía dejen de operar en compartimentos separados, esos activos se deprecian frente a un entorno que exige integración, y ningún mercado de consumo por sí solo compensa la ausencia de capacidad productiva propia en sectores críticos.
Tres escenarios se perfilan hacia adelante. El de ajuste tardío eleva el gasto en defensa hacia 2,5-3% del PIB y flexibiliza reglas de ayuda estatal, reduciendo la asimetría política sin generar autonomía plena. El más probable es la inercia fragmentada, donde los Estados responden de forma nacional a shocks comunes y preservan soberanía formal a costa de eficacia colectiva. El escenario más problemático es el deslizamiento estratégico, que avanza por acumulación y previsibilidad más que por ruptura abrupta: si coinciden estancamiento económico, presión fiscal y fatiga política respecto a Ucrania, Europa se consolida como actor normativo sin capacidad coercitiva, produciendo reglas que otros cumplen de forma selectiva. ¿Cuánto de ese deslizamiento tendría que acumularse, medido en inversión industrial perdida frente a EE. UU. y China, para que la brecha deje de ser gestionable con ajustes marginales y exija la integración que Europa hoy sigue evitando?
La conclusión es que la Unión Europea no está siendo desplazada a un segundo plano por adversarios externos, sino que reduce por sí misma su densidad geopolítica donde se penaliza la indecisión. La postergación genera costos materiales, industriales, estratégicos y en buena medida irreversibles.
Referencias
- Consejo Europeo. (2025). La política de defensa de la UE en cifras. https://www.consilium.europa.eu/es/policies/defence-numbers/
- Parlamento Europeo. (2024). Defensa: el refuerzo de la seguridad en la UE. https://www.europarl.europa.eu/topics/es/article/20190612STO54310/defensa-el-refuerzo-de-la-seguridad-en-la-ue
- Agencia Internacional de Energía. (2023). World Energy Outlook 2023. https://www.iea.org/reports/world-energy-outlook-2023
- Instituto Español de Estudios Estratégicos. (2023). El gas ruso y la seguridad energética europea. https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2023/DIEEEA67_2023_FELSAN_Caucaso.pdf
- Wikipedia. (2025). Plan ReArmar Europa / Preparación 2030. https://es.wikipedia.org/wiki/Plan_ReArmar_Europa/Preparaci%C3%B3n_2030
