Cómo se redibujan las fronteras (sin que nadie lo note)

23 de julio de 2025

Portada de Cómo se redibujan las fronteras (sin que nadie lo note)

Cómo se redibujan las fronteras (sin que nadie lo note)

Se ha repetido durante 80 años que el gran logro del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la fijación de las fronteras. No fue así. Lo que se estabilizó fue otra cosa. La capacidad de moverlas sin decirlo, mediante un desplazamiento semántico más eficaz que cualquier tratado fallido o guerra abierta.

La expansión territorial dejó de formularse como conquista y pasó a presentarse como protección preventiva. No es una anomalía ni una desviación reciente, es una adaptación racional al entorno normativo. El sistema internacional no penaliza la expansión silenciosa si viene envuelta en un lenguaje moralmente aceptable. Penaliza, en cambio, la franqueza.

Entre Jerusalén y Kigali

El punto de inflexión jurídico fue la adopción de la Responsabilidad de Proteger en 2005. La doctrina estableció que la soberanía se debilita cuando un Estado no puede o no quiere proteger a su población. El diseño no abolió la soberanía, la volvió condicional, dependiente de poder material, control narrativo y tolerancia internacional. En términos operativos, abrió un espacio para el control territorial prolongado sin redefinición legal explícita.

Israel representa el caso más institucionalizado de esta lógica. Desde 1967 mantiene control sobre Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán, territorios que la ONU sigue considerando ocupados. Más de 700000 colonos israelíes residen hoy en Cisjordania y Jerusalén Este según datos oficiales, con crecimiento sostenido desde los años 90. La ocupación dejó de ser transitoria y se convirtió en un sistema estable de administración territorial, sostenido por una doctrina de seguridad permanente.

El trauma de la Shoá funciona como vector estratégico estructural. No solo legitima una defensa adelantada, sino que reduce de manera consistente el margen de coerción internacional efectiva. La seguridad deja de entenderse como excepción y pasa a definirse como condición continua, permitiendo que líneas temporales de ocupación se conviertan en hechos irreversibles. El mapa deja de responder a negociación política y se reorganiza según criterios de control poblacional, infraestructura crítica y profundidad estratégica.

Vista de Jerusalén; la Cúpula de la Roca en el centro y la Plaza del Muro Occidental y el Muro de los Lamentos.

Ruanda ofrece una variante menos formal pero igual de funcional. Desde finales de los años 90, Kigali ha intervenido de manera recurrente en el este de la República Democrática del Congo. Informes del Grupo de Expertos de la ONU documentan apoyo directo o indirecto a actores armados en Kivu Norte y Sur, regiones que concentran más del 60% de las reservas mundiales conocidas de coltán. La justificación oficial se articula en torno a la protección de comunidades tutsis, mientras el resultado observable es control económico y militar sostenido.

Entre 1998 y 2003, los conflictos asociados a estas dinámicas provocaron más de 5 millones de muertes directas e indirectas según estimaciones académicas ampliamente citadas. Desde entonces, el patrón se estabilizó en una violencia crónica de baja intensidad con alto rendimiento estratégico. No hay anexión formal ni administración declarada, pero sí captura funcional del territorio compatible con el marco jurídico internacional vigente y de bajo costo reputacional.

El siglo XIX en el XXI

Reducir este fenómeno a Occidente sería un error analítico. Oriente ha desarrollado versiones propias, más antiguas y en muchos casos más sofisticadas, de expansión silenciosa. China no habla de ocupación, habla de corrección histórica. En el Mar del Sur de China, la construcción de islas artificiales y su posterior militarización no modificó fronteras reconocidas, pero alteró de facto el control marítimo regional. El resultado es medible. Más del 30% del comercio marítimo global transita hoy por aguas bajo influencia china sin tratado alguno que lo consagre.

Imágenes del conflicto entre Ruanda y el Congo; de fondo, una imagen satelital de Kigali, capital ruandesa.

Así, la llamada “Responsabilidad de Proteger” (R2P) se volvió una caja de herramientas ideológica. Lo que debía evitar crímenes masivos se transformó en argumento para intervenir. Con lágrimas, si hace falta. Con ayuda humanitaria. Con seminarios sobre justicia transicional patrocinados por las mismas potencias que bombardean.

Taiwán opera como caso límite. Pekín evita cruzar el umbral cinético total porque el control funcional ya avanza por otros medios. Presión económica, aislamiento diplomático y superioridad militar asimétrica producen un cerco progresivo. No se conquista lo que puede volverse inevitable, una máxima más pragmática que moral.

India aplica una lógica similar en Cachemira. Desde 2019, Nueva Delhi suspendió el estatus especial de la región, incrementó el despliegue militar y rediseñó su administración interna. No hubo anexión externa ni guerra declarada. Hubo integración administrativa bajo el argumento de seguridad y desarrollo. La frontera no se movió en el mapa, se movió en la práctica.

La elegancia de conquistar

Vladimir Putin no inventó nada. Solo siguió el guion, uno que Estados Unidos escribió hace tiempo con su Destino Manifiesto. En 2014, justificó su incursión en el Donbás en nombre de la protección de la población rusoparlante. Otros aprendieron rápido. China tiene argumentos sobre Taiwán. Serbia sueña con la Gran Serbia. Venezuela con el Esequibo. Mapas viejos, traumas nuevos.

Estos casos permiten formalizar un mecanismo replicable. Cuando confluyen trauma fundacional activo, capacidad material suficiente y tolerancia internacional sostenida, el control territorial no declarado tiende a consolidarse. El proceso se vuelve irreversible cuando la población bajo control supera un umbral demográfico crítico, la infraestructura queda integrada al sistema del actor dominante y el costo político de reversión supera el beneficio esperado. Cuando alguna de estas condiciones falla, el control se estanca o deriva en conflicto abierto.

La teoría de la securitización ayuda a entender la dinámica. Un actor convierte una cuestión política en amenaza existencial y obtiene legitimidad para medidas extraordinarias. Aquí la securitización se combina con memoria histórica y capacidad coercitiva, normalizando la excepción y estabilizándola en el tiempo. El sistema no entra en caos, se reorganiza alrededor de zonas de control funcional.

"American Progress" de John Gast sobre la imagen satelital nocturna de EEUU

Desde una perspectiva sistémica, el orden internacional converge hacia estructuras cercanas al Grossraum. La soberanía persiste en el discurso, pero se fragmenta en la práctica, especialmente en regiones con bajo costo de intervención y supervisión internacional limitada. África central, Medio Oriente, Asia meridional y el Indo-Pacífico concentran este fenómeno de forma desproporcionada.

Los datos acompañan la tendencia. Más del 70% de los desplazados forzados globales provienen de Estados con intervención externa directa o indirecta según ACNUR. El gasto militar mundial superó los 2.4 mil millones de dólares en 2024, con incrementos sostenidos precisamente en Estados que definen su estrategia como defensiva. El sistema recompensa al actor que logra convertir su narrativa de protección en norma operativa aceptada.

El escenario dominante no apunta a una guerra general inmediata. Lo más probable es la proliferación de ajustes territoriales de baja visibilidad, legitimados por marcos humanitarios, históricos o civilizatorios. Si esta lógica se universaliza, el incentivo es simple. Cuando todos los actores se reservan el derecho a proteger preventivamente, ninguna frontera puede considerarse definitiva, y el mapa se reconfigura sin tratados, sin anuncios y casi sin que nadie lo note.


[Referencias en los comentarios]