Cómo el proteccionismo hundió al mundo
El proteccionismo de los años veinte no fue una excentricidad ideológica ni un desliz histórico. Fue una decisión racional tomada por una potencia vencedora que confundió solidez financiera con inmunidad sistémica. Estados Unidos salió de la Primera Guerra Mundial como acreedor neto, concentrando más del 40% del oro mundial y acumulando superávits comerciales persistentes, y aun así decidió blindar su mercado interno mediante el Arancel de Emergencia de 1921 y el Fordney-McCumber de 1922. Para un país que necesitaba que otros exportaran para poder pagarle, cerrar el mercado fue una solución elegante para un problema mal formulado.
En términos cuantificables, el arancel promedio sobre productos sujetos a gravamen superó el 38% en 1922, muy por encima de los niveles prebélicos. Europa debía generar superávits para obtener dólares, pero el principal mercado global se volvió inaccesible. El ajuste se desplazó hacia afuera, como si el sistema internacional fuese una variable secundaria. La economía política ya sabía que un acreedor protegido tiende a exportar desequilibrios, pero ese conocimiento perdió peso frente a la lógica electoral y sectorial.
Porter J. McCumber y Joseph W. Fordney
La Muralla
El impacto inicial fue una distorsión progresiva de los flujos comerciales. La demanda externa se comprimió, los precios agrícolas cayeron y la sobreproducción se acumuló precisamente en los sectores que se buscaba proteger. El proteccionismo no resolvió tensiones internas. Las congeló y las trasladó, una estrategia viable solo mientras el resto del sistema acepta absorber el costo.
Ese margen duró poco. Entre 1925 y 1929, veintiséis países europeos aprobaron treinta y tres revisiones arancelarias sustantivas, mientras América Latina implementó diecisiete ajustes generales. Canadá, principal socio comercial de Estados Unidos, comenzó a cerrar operaciones industriales en Nueva York, como denunció C. E. Burton desde Toronto. El socio preferente pasó a ser tratado como daño colateral aceptable, una señal temprana de deterioro del núcleo comercial norteamericano.
El edificio de la compañía Robert Simpson en Toronto, Canadá.
Todos juegan a lo mismo
Francia elevó en 1927 los aranceles a automóviles estadounidenses del 45% al 100%, y España incrementó un 40% los gravámenes sobre importaciones desde Estados Unidos. Australia, Canadá y Nueva Zelanda siguieron la misma lógica. No hubo conspiración ni contagio ideológico. Hubo aprendizaje racional bajo restricciones compartidas, exactamente lo que la teoría de sistemas anticipa cuando el actor dominante externaliza costos de ajuste y obliga al resto a imitarlos.
Antes del colapso financiero, el deterioro ya era visible en las magnitudes agregadas. Entre 1922 y 1928, el crecimiento del comercio mundial se desaceleró de forma persistente y su elasticidad respecto al PIB cayó, como documentaron los informes de la Sociedad de Naciones. La fragmentación comercial precedió al pánico bursátil, aunque luego la narrativa prefirió invertir el orden para conservar explicaciones más cómodas y menos incómodas políticamente.
El Palacio de las Naciones, hogar de la Sociedad de Naciones en Ginebra, Suiza.
Cuando todos adoptaron el mismo argumento del productor nacional y del empleo protegido, el sistema dejó de coordinarse. Cada decisión era razonable en términos domésticos y destructiva en términos agregados. El equilibrio cooperativo no colapsó por exceso de conflicto, sino por ausencia de coordinación, una diferencia menor solo para quienes no observan sistemas complejos en movimiento.
La Conferencia Económica Mundial de Ginebra de 1927 intentó introducir una tregua arancelaria, pero fracasó por una razón concreta. Estados Unidos aceptaba negociar siempre que sus propios aranceles quedaran fuera del acuerdo. Unilateralismo con buenos modales, suficiente para bloquear cualquier compromiso creíble. El sistema entendió que no habría ancla, y ajustó expectativas sin necesidad de dramatismo.
Periódico estadounidense anunciando el pánico de 1929.
La años malditos
Tras 1929, la contracción fue brutal. Entre ese año y 1933, el comercio mundial cayó alrededor de un 65% en términos nominales. Las economías industriales registraron desplomes de PIB de dos dígitos y el desempleo masivo erosionó rápidamente la legitimidad política. El Arancel Smoot-Hawley de 1930 no inició el desastre, pero lo institucionalizó, convirtiendo una dinámica disfuncional en política explícita.
La reversión llegó recién en 1933, cuando Roosevelt y Cordell Hull comenzaron a desmontar el andamiaje proteccionista mediante acuerdos bilaterales que luego escalaron a esquemas multilaterales. No fue un giro doctrinario ni una epifanía liberal. Fue una corrección forzada cuando el costo de no coordinar superó al beneficio político de proteger, algo que los sistemas suelen aprender tarde y a un precio alto.
La historiografía es consistente si leemos a Eichengreen, James, Mazower, Tooze e Irwin, quienes coinciden en que el proteccionismo de entreguerras no explica por sí solo el auge del fascismo y el nazismo, pero sí debilitó las economías abiertas, fragmentó coaliciones moderadas y amplificó soluciones autoritarias bajo estrés extremo. El mecanismo no es mecánico, pero es notablemente estable.
Lo que comenzó como defensa del empleo nacional terminó erosionando comercio, estabilidad política y orden internacional de forma simultánea. El proteccionismo funciona mientras otros no lo imitan. Cuando lo hacen, deja de ser política económica y se convierte en dinámica de colapso, casi siempre reconocida cuando el margen de corrección ya se ha agotado.
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